De repente, Roger Waters inicia a pegarme con su bajo. Uno, uno-dos, uno, uno-dos. No tengo defensas, el ritmo que impone no me deja escapar. David Gilmour me acaricia con unos debiles sonidos de su guitarra. Pero es una habil estrategia. Me hace sentir menos vulnerable, no me hace pensar en el bajo. Y cuando me estoy acomodando, justo ahí me ataca con un solo de una lentitud calculada y mortifera.
Y me descubro sentado en el piso de mi casa vacía, pensando en ti.
04/02/07
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